DEVELANDO LA NATURALEZA HUMANA
- Antes que los tecnicismos formales, en las obras literarias lo que debe perdurar son las emociones. Así, sucede en la obra de la francesa Muriel Barbery.
Renée y Paloma viven en un mismo edificio, pero están separadas por condicionamientos culturales, etareos y sociales. Gracias al surgimiento del tercer personaje de la novela, Kakuro Uzó, un viudo japonés que llega al vecindario, ellas terminan siendo confidentes.
Especialmente destacable son la maestría y acidez con que son narrados los episodios en que se vuelven locos unos encopetados vecinos franchutes, muy poco acostumbrados a experimentar cambios en sus consolidadas vidas burguesas, al aparecer en escena el señor Uzó: recurren a todo su aparente encanto para captar la atención de este nipón que es tenido por una persona acaudalada e influyente. No obstante, el señor Ozú no se deja deslumbrar por el oropel desplegado. Por el contrario, poseedor de un sexto sentido, descubre la grandeza que esconden Renée y Paloma y opta por su amistad.
También subrayo el final de la obra, pues Barbery podría haber elegido un desenlace al estilo de un thriller hollywoodense, pero toma una decisión ingrata, aunque valiente e impecable, por antipática que resulte, que aumenta ostensiblemente la credibilidad de la historia, cuestión que no ocurre en ciertos pasajes en que, por ejemplo, la portera con una mano toma recados y con la otra sujeta un tomo del filósofo Husserl. Pero, ¿son acaso esas incongruencias baches en la literatura? Si pudiéramos consultar a Kafka sobre el particular, tal vez –a modo de respuesta– nos hubiera presentado a Gregorio Samsa.
En fin, estamos frente a una novela sencilla y compleja a la vez. Por lo mismo, me recordó El nombre de la rosa de Umberto Eco: cada lector la leerá según su bagaje cultural, pero todos percibirán su profunda humanidad. Quizá la búsqueda de esa humanidad debería ser uno de los mayores desafíos de un libro, tal como la autora lo plantea al reflexionar sobre lo absurdo de transformar la enseñanza de literatura en una mera identificación
de personajes, narradores, tiempos del relato, etcétera, postergando la pregunta esencial: ¿Los conmovió la obra? Es aquella interrogante la que le da sentido al estudio de los puntos de vista narrativos, toda vez que las novelas –nos recuerda Barbery– son escritas para ser leídas y para provocar emociones en el lector (p. 171) y no para aburrir con tecnicismos a los cuales también es tan proclive una parte de la crítica literaria de extensión o no académica, como ésta.
No por nada, La elegancia del erizo recibió, entre otros, el Premio de los Libreros franceses (2007).
Publicado en Revista Capital N°254 de junio de 2009 (p. 131).