miércoles, mayo 09, 2007

ESQUIVA AGENDA CULTURAL

Si bien hoy en día se debaten temas que hasta hace muy poco no estaban en la discusión pública, creo que esta nueva agenda cultural carece de un norte claro, como sí la tuvo en el siglo XIX, por ejemplo, aquella que dio origen a las leyes laicas.

Ahora, con ocasión de la Ley de Divorcio, hasta connotados personeros seculares sostuvieron que la validez que se le dará al matrimonio religioso en nada afectará la “neutralidad religiosa del Estado” (Schaulsohn: El Mercurio de 3 de febrero de 2004).

Otra señal de esa ambivalencia es la errática actitud mostrada frente a la libertad de expresión, cuya última evidencia es la mordaza que se le impondrá si el Senado ratifica la ley sobre protección del honor y la intimidad acordada por la Cámara de Diputados el pasado mes de diciembre.

Finalmente, esa falta de consecuencia queda por igual reflejada en el proyecto de ley que regula los efectos patrimoniales de los matrimonios homosexuales, presentado -en julio del 2003- por ocho diputados, el cual constituye una moción parlamentaria que tiene mucho más de testimonio que de un genuino interés legislativo.

Circunscribir las cuestiones culturales o morales a lo patrimonial advierte un retruécano para no abocarse a los temas con profundidad ni llamar a las cosas por su nombre.

¿Por qué denominar “unión civil entre personas del mismo sexo” al vínculo homosexual cuando se dice que se le quiere dar a esa “unión” los mismos efectos que al “matrimonio”?

Un proceder tan sibilino sería análogo a que si -en 1949- en vez de denominar “derecho a voto” el extendido a favor de las mujeres, tal como ocurrió, se lo hubiera nominado: “participación femenina”, dado que hasta esa fecha el voto estaba restringido a los hombres; o que, en vez de declarar que los esclavos, por el solo hecho de asentarse o pisar el territorio nacional pasaban a ser “libres” -como lo hizo la Ley de Vientres Libres de 1811 y la Ley de Abolición de la Esclavitud de 1823-, se hubiera dicho que éstos adquirían “autonomía racial”, porque hasta entonces la “libertad” era monopolio de la raza blanca.

Todas las observaciones precedentes me llevan a preguntarme la razón de este proceder criollo tan “wishy-washy”.

No creo que exista una sola explicación. Pero sin lugar a dudas que en esta forma de enfrentar las divergencias culturales, inherentes a toda sociedad plural y diversificada, como son las actuales, influye la extensión que se le ha atribuido a la política de consensos instaurada tras el retorno democrático y que se ha traducido en una sobrevaloración del concepto de que “está en juego la gobernabilidad”.

Ya está bueno de recurrir a esta manida frase para validar la desesperanza, o incluso la traición, según algunos, en que vivimos hoy.

Otros, por el contrario, creemos que en la actualidad se da la posibilidad de discurrir en torno a las diferentes posturas culturales o morales sin poner en peligro la estabilidad social y política.
(Publicado en Revista Capital, N°132, mayo de 2004, p. 118).

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