miércoles, noviembre 22, 2006

CONTRAPUNTO A LA BANALIDAD


Contra plazos y todo eso, no. No se puede escribir tan a la loca, se defiende Andrea Maturana (36 años), como exculpándose tras ocho años de ausencia de los escaparates de las librerías. En No decir vuelve al cuento, género en el cual deslumbró con (Des)encuentros (des)esperados (1992), volumen que incluía el magistral relato Cita, que forma parte de la más exigente antología del cuento y erotismo chileno. Su paso por la novela (El daño, 1997), si bien fue digno, mostró que ese género hasta ahora no va con su modo de trabajo: cuando me siento a escribir un cuento ya lo tengo en la cabeza -dice la escritora-. Entonces lo empiezo y lo termino, y después pasan dos meses y no escribo nada. Con una metodología así difícilmente podrá imprimir la continuidad que requiere una novela. Al respecto, se me viene a la cabeza una advertencia que efectúa el prolífero Stephen King: Si no escribo a diario empiezan a ponérseme rancios los personajes (Mientras escribo, 2001).

Salvo Las dos vidas de Perrito, asombroso cuento desde una perspectiva lúdica, los restantes once relatos de No decir tienen otro norte al adentrarse sin claudicaciones a las diversas máscaras que adoptamos para salvar la imagen y no quedar en evidencia; para que nos admiren; en fin, para no ser humanos; para privilegiar el eufemismo y así decir lo mismo pero más bonito, disfrazado.

Una de las mayores gracias de Andrea Maturana es que su compromiso por develar el velo que cubre la verdad nada tiene que ver con un afán farandulero de épater les bourgeois. Nada en su rica literatura se dice con ánimo proselitista. Más que dar lecciones, Andrea Maturana sólo aspira a ser una simple cronista comprometida con la verdad incondicional y honrada, como diría Chéjov. Jamás su oficio se tiñe de ese aire de superioridad moral que tantas veces pinta el rostro visible de los académicos y también de otros menos académicos. La propia autora afirma que no pretende entregar una visión de la sociedad, sino hurgar en los lugares donde sigue reinando cierta oscuridad; y agrega Andrea: me interesa mucho la intimidad como contrapunto de la superficialidad y la banalidad.

También encontramos en No decir un emparentamiento con las fábulas, de Esopo por ejemplo, pues esta depurada selección de cuentos nos reserva la siguiente moraleja: en las familias, en las amistades o en las parejas cuando están estos temas no hablados, todo está construido sobre un pantano.

Con todo, para mí lo más importante que he encontrado en Andrea Maturana, más allá de su bello y cuidado estilo, incluso reconociendo que en algunos de sus cuentos el desenlace me resultó predecible, es su vínculo con la literatura a la que dice amar con las tripas y, por lo mismo, declara que le gustan los libros que la emocionan, criterio que no por ser subjetivo deja de ser un acertado paradigma de selección. Ya se acerca el otoño, un volumen de cuentos como el de Andrea Maturana, tan íntimo, resulta óptimo para sobrellevar una melancólica tarde de lluvias, más aún si éstos constituyen un contrapunto a la vacuidad imperante.


(Publicado en Revista Capital, N°177, abril 2006, p. 118).

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